Cada vez se despotrica más de lo políticamente correcto, pero en España, el populismo de baja intensidad lo utiliza con mano de hierro para dar la impresión de que las cosas cambian aunque siguan exactamente igual. Lo políticamente correcto tiene su origen en una ideología anglosajona que apunta a lo progresista desde una concepción textual de la cultura y el lenguaje, sustentada en el fundamentalismo protestante, que considera que si si las desigualdades e injusticias se reflejan en los lenguajes (escritura e imagen) hay que cambiar tales reflejos para que las realidades denotadas cambien igualmente.
Curiosamente, sectores intelectuales y académicos que se reclaman del materialismo se han adherido con entusiasmo a tesis tan suculentamente idealista, y ahora las burocracias políticas y adminsitrativas utilizan los subproductos de esas elaboraciones como parafernalia lingüística destinada a simular transformaciones sociales: "los vascos y las vascas", en una sociedad profundamente machista, o "la política de los pequeños gestos" en una Cataluña en la que la socialdemocracia no consigue superar culturalmente al nacionalismo.
Los orígenes de lo políticamente correcto en España, en cambio, se remontan al franquismo, a finales de los 50 e inicios de los 60 y se concretan en una forma de censura más sofisticada que la instituída por el Estado Español fascista. Era una censura postcinematográfica aplicada a un naciente fenómeno de cultura popular: los tebeos infantiles de la catalana Editorial Bruguera.
El Estado Español utilizó los tebeos desde su mismo nacimiento en Burgos, con Flechas y Pelayos, un tebeo de adoctrinamiento falangista, e impulsó la ideología imperialista nacional en otras creaciones como Jorge y Fernando o El guerrero del antifaz. El comunista catalán Víctor Mora creó una antítesis a esas historietas que no sólo las supero con creces sinó que se erigió en una de las cumbres del cómic europeo: El capitán Trueno, con raíces artísticas y narrativas en Harold Foster y su Príncipe Valiente. Pero el fascismo comunicacional se encontró con una guerrilla tebeística inopinada: los tebeos de Bruguera y su amargo humor crítico subyacente bajo lo que era una mirada desesperada a la vida cotidiana en la España de la época.
El Estado Español identificó con rapidez la caricatura ácida de las nuevas realidades en que vivían los vencidos de la guerra civil y les puso coto rápidamente. Véase cómo realizó esa identificación:
EL LOCO CARIOCO. Un personaje chiflado, feliz e imprevisible, un "loco de la vida" que acababa triunfando aun siendo un infeliz. La censura mandó que se eliminase el apelativo "loco", con lo que fue el franquismo el primer poder en efectuar una acción semejante a las que hoy son recomendadas e impuestas por los libros de estilo de los medios democráticos.
DOÑA TULA. Mujer hombruna y verdadero virago, con sombrero masculino, traje de chaqueta y un puro habano en los labios. Recordaba exageradamente a más de una dirigente falangista de la Sección Femenina, en cuyos círculos se cultivaba cierto lesbianosmo elitista vinculado a los círculos íntimos de homosexualismo nazi de la época. El Estado Español mandó que se la despojase de tales atributos para dejarla en simple señora antipática, aunque el personaje acabaría desapareciendo.
DOÑA URRACA. Verdadero arquetipo de la vieja bruja, nariz ganchuda con grano incluído, la censura obligó igualmente a suavizar la crueldad del personaje para convertirla en una abuelita cascarrabias. Punto de conflicto: una historieta de Doña Urraca en un castillo draculiano ilustrado con unas vampiresas sexys.
DON BERRINCHE. En su primera época era un verdadero tifón de violencia: un tipo que recorría las calles enfurecido y armado con una enorme cachiporra, igual que el as de bastos, con un clavo insertado en el extremo. Don Berrinche, igualmente con el puro en la boca que lo identificaba como miembro del grupo de poderosos, atacaba a golpes indiscriminadamente todo lo que le desagradaba en la vía pública, igual que los bravucones falangistas y sus partidas de la porra que rapaban a las mujeres y les obligaban a beber aceite de ricino, o que atacaban a los boy scouts que volvían de excursión. El Estado Español obligó a quitar el clavo de la cachiporra y a convertirlo en un señor simplemente enfadado, y no en un inspirador de los Guerrilleros de Cristo Rey de Sánchez Covisa.
Obsérvese, y ahí está el busilis, que el pedestal ideológico desde el que actuaba la censura del Estado Español era, en tales casos, exquisitamente perteneciente a una protocorrección política: la no estigmatización de los disminuídos, la imagen de la mujer y el ejercicio de la violencia.
Con el paso del tiempo, la evolución de las historietas de Bruguera fue suavizando sus rasgos estéticos, expresivos y argumentales, de modo que fue el conjunto de la producción el que fue pasando por el aro. Sin embargo, si revisamos lo más destacado de aquellas "crónicas elípticas pero reales" de la vida cotidiana bajo el franquismo, como las definió Manuel Vázquez Montalbán, podemos reflexionar sobre si sus propuestas resistirían hoy día en medio de los parámetros de la correcc ión política aplicada a la comunicación, que ha sido felizmente asumida por medios, empresas e instituciones como desideratum de avance democrático.
GORDITO RELLENO. No pasa: no se puede identificar a un personaje definiéndolo por la generalización de su aspecto físico.
ZIPI Y ZAPE. No pasa: son mucho más traviesos que Shin Chan, que ya suscitó las sospechas de la democracia cristiana en Catalunya e Izquierda Unida en Canarias. Son un mal ejemplo para los niños con sus travesuras desmesuradas. Tampoco es recomendable la actitud del padre, don Pantuflo Zapatilla, quien les castiga encerrándolos en el cuarto de los ratones, en un ejemplo de crueldad para con la infancia que no puede ser mostrado.
CARPANTA. No pasa: no es caritativo mostrar la estigmatización del hambre en una persona sin hogar. Presenta a un sin techo que no duda en robar para comer.
HERMANAS GILDA. No pasa: burlarse de las damas de cierta edad que viven su soltería es ofensivo para la dignidad de la mujer.
AGAMENÓN. No pasa. La burla de la vida rural a cargo de quienes viven en la ciudad atenta contra la dignidad de los habitantes de las comarcas, quienes son caracterizados como cazurros. Posible reacción desde las purísimas comarcas contra los corruptos y corruptores pixapins.
DON PÍO. No pasa. Presentar a su esposa, doña Benita, como mandona, ambiciosa y manifacera es un atentado contra la dignidad de la mujer y la esposa.
LA FAMILIA CHURUMBEL. No pasa. Reproduce todos los clichés que estigmatizan al pueblo gitano, a quienes presenta como timadores, sucios y ladrones.
LA FAMILIA CEBOLLETA. No pasa. Muestra una familia al borde de la disfuncionalidad. Ofrece una imagen denigratoria de la ancianidad en la persona del abuelo que cuenta batallitas.
EL REPORTER TRIBULETE. No pasa. Ofrece una imagen de la profesión periodística como práctica superficial, deshonesta y corrupta. Es necesario presentar a la sociedad un periodismo virtuoso basado en los códigos deontológicos y los libros de estilo, en las antípodas de lo que Tribulete representa.
Conclusión: ¡vaya mierda que vivimos y vaya mierda que estamos viviendo!
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